4 de agosto | TODOS
«Entonces el rey Nabucodonosor se espantó, se levantó apresuradamente y dijo a los de su consejo: “¿No echaron a tres hombres atados dentro del fuego?”. Ellos respondieron al rey: “Es verdad, oh rey”. Y él dijo: “Sin embargo, yo veo cuatro hombres sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a un hijo de los dioses”» (Dan. 3: 24-25).
Las lenguas de fuego quemaban siete veces más que de costumbre. Llamaradas escandalosas y aterradoras. Las cuerdas que ataban las manos de los tres jóvenes hebreos se volvieron ceniza, pero los valientes hijos de Dios, ilesos, se movían de un lado a otro como si estuviesen paseando por un jardín esmeradamente cuidado.
Nabucodonosor, el rey babilonio, contemplaba la escena espantado y percibió que había un cuarto personaje cuyo rostro era semejante «a un hijo de los dioses». Aquel personaje era el propio Señor Jesucristo, a quien Daniel en su libro identifica más adelante con el nombre de Miguel. El Señor nunca abandona a sus hijos y está presente en los momentos buenos o malos.
Esta es una historia real y, sin embargo, es también una profecía que anuncia una persecución religiosa que se llevará a cabo en el tiempo del fin. Hombres y mujeres, fieles a Dios y obedientes a su Palabra, como Daniel, serán perseguidos por causa de su fidelidad, acusados de desobedecer las leyes de los hombres.
Pero el remanente fiel de Dios no necesita temer, porque «en aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo. Será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces; pero en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallen inscritos en el libro» (Dan. 12: 1).
En Acción
¿Quieres tener la seguridad de que cada miembro de tu familia tiene su nombre inscrito en el libro de la vida? ¡Busca al Señor mientras oyes su tierna voz!